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Víctor Valdés se despide del fútbol, el mejor portero del Barça

LA ESQUINA DE MANUEL NUÑEZ

La talla de un hombre se mide por la grandeza de sus enemigos, y la de un portero por la de sus rivales, que le permiten descubrir sus virtudes y defectos. Por este motivo no hay mejor forma para glosar la trayectoria deportiva de Víctor Valdés (Hospitalet de Llobregat, 1982) que remitirse a las palabras de aquellos contra los que compitió.

«No hace falta ver tu palmares para saber lo grande que has sido», publicaba Iker Casillas. Aunque el mensaje más emotivo lo lanzaba a las redes sociales Pepe Reina, con el que muchos trataron de enfrentarle: «Creo que “nuestra rivalidad” ayudó siempre a querer superar al otro y ser siempre mejores desde los 13 años. ¡Disfruté contigo y contra ti desde la base hasta la elite! Deja el fútbol el mejor portero de la historia del Barcelona. Gracias por tanto ¡amigo mío!». Amante de los toros y de la Fiesta, Valdés heredó las tradiciones de su familia, originaria de la villa zamorana de la Puebla de Sanabria y emigrada a Cataluña después de la Guerra Civil. Y ya desde niño no le interesaba nada que rebasara las líneas del rectángulo de un campo de fútbol o las cuatro paredes de su casa, donde encontró la estabilidad junto a la modelo colombiana Yolanda Cardona, que le dio tres hijos: Dylan, Kai y Vera.

Así fue siempre Víctor Valdés, un actor principal con alma de secundario. Atípico, completamente alejado del estereotipo de lo que supone ser un ídolo. Pero constante en el trabajo. Profesional y entregado al club que le pagaba. El ejemplo es que de pequeño no quería ser portero y sus llantos por tener que colocarse bajo palos derivaron en el cancerbero insustituible del que en su momento fue uno de los mejores equipos de la historia. «Desde los 8 hasta los 18 años, para mí jugar de portero ha sido un sufrimiento especial, constante, de algo que no me gusta hacer y que no entiendo. Me preguntaba: ¿por qué lo hago, si no me gusta?», confiesa.

Poco amigo de la farándula, de la vida pública o de airearse en los medios de comunicación, Valdés ondeó con fuerza la bandera de la honestidad. Defendió su verdad sin importarle los enemigos que pudiera ganarse y se quedó solo ante el peligro. Porque tampoco nunca buscó aliados con los que batirse en duelos desiguales. Fue objetivo indiscriminado en los estertores del nuñismo. El palo con el que atizar a Van Gaal, técnico que le repescó para el United a pesar del desplante que sufrió cuando aquel canterano de apenas 20 años se atrevió a plantarle cara y negarse a regresar al filial. El intransigente holandés a punto estuvo de expulsarlo del club pero el apagafuegos Joan Gaspart impidió lo que habría sido uno de los mayores errores de la historia del Barcelona.

Su marcada personalidad le impermeabilizó dentro y fuera del campo. Alegre en el vestuario, mostró en más de una ocasión su madera de capitán. En 2013, con las vitrinas de su casa a rebosar de títulos, convertido en el mejor portero de la historia del Barça (acumula 5 trofeos Zamora), decidió poner punto y final a su etapa en el club catalán. Anunció que no renovaría un año antes de que acabara su contrato. El Mónaco le esperaba pero la vida puede cambiar de repente. Lo supo al escuchar un crujido en la rodilla en un encuentro ante el Celta. Pero lejos de tomárselo como una desgracia, lo aceptó como una lección de vida. «El mundo del fútbol te hace sentir un lisiado, pero la lesión me hizo volver a sentir lo que es la vida real», explicaba.

Tuvo que operarse en Augsburgo, donde vivió en soledad la dura rehabilitación. «Vivía en un hotel y, para ir a la clínica, tenía que coger el tranvía. Eso me sirvió para que después de muchos años volviera a tocar monedas, a saber lo que vale un viaje, a pagar un café… miles de situaciones en las que no eres consciente siendo futbolista, porque vives una vida irreal. Te lo dan todo hecho, todo sencillo, te alaban, te sientes cómodo en cualquier lugar…», recuerda. En 2015 explicaba: «Cuando se apague la luz yo estaré con los niños, enseñándoles lo que puede llegar a ser cuando se encienda la luz… Pero yo ya no. Espero que cuando se apague la luz, sea difícil encontrarme». Tras un fugaz paso por el United, el Middlesbrough y el Standard de Lieja, ha decidido darle al interruptor. Ahora tendrá tiempo para dedicarle a la familia, a su guitarra, al piano y a su moto. Y se fue con la misma sencillez con la que llegó. Con un simple: «Gracias por todo».

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LA ESQUINA DE MANUEL NUÑEZ

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