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La realidad del narcotráfico y corrupción en México

LA ESQUINA DE MANUEL NUÑEZ

La película Denis Villeneuve, «Sicario», protagonizada por Emily Blunt, Benicio Del Toro y Josh Brolin, ha vuelto a poner el foco sobre el problema del narcotráfico en la frontera entre Estados Unidos y México. Un filme para el que el director «ha vuelto a ir a la frontera, pero a la endemoniada, a la mexicana, justo al epicentro del narcotráfico y la muerte, a Ciudad Juárez, un lugar en el que, salvo el turista, todos llevan el mapa a la vista pero tatuado en la piel», según escribía el crítico de ABC, Oti Rodríguez Marchante.

Pero una cosa es la ficción y otra, por muy bien reflejada que esté, la realidad. Muchos expertos coinciden que, fuera del cine, el hambre de drogas que sufre Estados Unidos lo alimenta México con sus campos de opio. Según crece la adicción a la heroína en Norteamérica, más cultivo de amapola se produce en los campos de Guerrero. Basta leer los periódicos del mundo, y contar los muertos de este pequeño estado de México, para entender que la guerra que allí se vive está directamente relacionada con lo que ocurre en las calles de Boston o de Ohio, donde el problema con la heroína se ha declarado epidemia por las autoridades.

Aun así, los dirigentes de ambos países no parecen ponerse de acuerdo. Para la DEA (Agencia Antidroga de Estados Unidos) los cárteles operan incluso en el DF, es decir, a las puertas de Los Pinos, residencia oficial del Presidente de México; Enrique Peña Nieto.

Para el jefe de gobierno capitalino, Miguel Ángel Mancera, en el Distrito Federal no opera ningún cártel de la droga, sin embargo, alertó de que un foco importante al que prestar atención es el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Contestaba así al informe dado por la DEA, donde se destacaba que en la ciudad de México existe presencia de los cárteles de Sinaloa, Los Caballeros Templarios, del Golfo y Beltrán Leyva. En lo que sí coinciden ambos países es en que la producción de opio se ha incrementado en México en un cincuenta por ciento en el 2014.

La legalización de la marihuana en varios estados norteamericanos, y ahora también en México, ha bajado los precios de esa droga obligando a los campesinos a cortarla y sustituirla por opio. Los carteles, mientras tanto, se adaptan a las necesidades del mercado americano presionando a los campesinos y a las comunidades rurales para que se plieguen a sus dictados.

Guerrero, el mayor productor de opio de América, cuenta sus muertos por miles. Esta semana siete miembros de una misma familia, una niña de siete años y un bebe entre ellos, fueron secuestrados y asesinados. Los siete eran familiares de un ex jefe de policía de un pueblo del estado, a quien por cierto acababan de matar a su hijo a plena luz del día.

La mano del narcotráfico mexicano no solo vende, sino también lava su dinero en Estados Unidos. Informes del Buró Federal de Investigación (FBI) revelaron que Miguel Ángel Treviño, número dos de Los Zetas y hermano de José Treviño, detenido en territorio estadounidense por presunto lavado de dinero, sobornaron a mucha gente con el fin de ganar carreras ecuestres.

Tal vez la opinión publica necesite un filme como «Sicario» para terminar de abrir los ojos, pero, no nos equivoquemos, el filme dirigido por Denis Villeneuve no es un documental sobre los carteles en México. Es una película como pocas, que contiene exageraciones y decisiones ficticias en función del drama.

Lo que hace a «Sicario» una versión bien representativa de la realidad es que la violencia de los carteles se ejerce a ambos lados de la frontera. En esta guerra sin final destacan las declaraciones del gobernador Rogelio Ortega Martínez comparando Guerrero con Afganistán: «Estamos igual, aunque ellos son un país y nosotros un estado».

De Guerrero eran los 43 estudiantes de Iguala, de Guerrero también es Acapulco, la Reina del Pacifico, una ciudad que enamoró tanto a Liz Taylor que allí eligió casarse con Mike Todd en 1957. Hoy, con su belleza marchita, Acapulco es sirvienta de sicarios que la han convertido en zona de guerra.

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LA ESQUINA DE MANUEL NUÑEZ

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