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Deportes

Figuras del deportes que cayeron en desgracia

LA ESQUINA DE MANUEL NUÑEZ

Una vida jalonada por los éxitos y la abundancia y un minuto para mancharlo todo. Como le ha sucedido a Valentino Rossi, otras figuras del deporte cayeron en desgracia después de un instante de ofuscación o de un mundo paralelo que ocultaban a los seguidores. Los hinchas siempre sostienen el espectáculo y el negocio hasta que se cansan del personaje.

Diego Maradona era lo más parecido a Dios en el fútbol hasta que se despeñó por los sumideros del desdoro y la ignominia. Las drogas convirtieron al personaje. Antes su palabra y su maravilloso pie izquierdo cambiaban el signo de las cosas. Desde que se supo de su adicción a la cocaína, pasó a protagonizar agresiones, descalificaciones y situaciones grotescas para alguien que lo tuvo todo en su mano.

Ben Johnson corría tan rápido como el hijo del viento, su gran rival Carl Lewis. Corrió más que él en la final de los 100 metros lisos de los Juegos Olímpicos de seúl 88. Johnson marcó un récord estratosférico, 9,79, el tope con menos vigencia de la historia. Solo duró unas horas, hasta que el laboratorio descubrió que había dado positivo por estanozolol, el anabolizante de sus músculos. Fue el prototipo del dopaje en los noventa.

A Lance Armstrong le ha sucedido algo parecido en el siglo XXI. Tremendo y orgulloso dominador del Tour del Francia, ganador de siete Tour consecutivos proclamando su limpieza cada año en París, su aureola y su industria se vinieron abajo por la investigación de un hombre, Travis Tygart, director de la Agencia Americana Antidopaje. Desposeído de sus títulos, admitido el dopaje sistemático, el ciclista texano es hoy un símbolo de la trampa.

El problema de Tiger Woods fue otro. Pasó de ser el mesías del golf, el mejor jugador del mundo, el más grande que se ha visto, el número uno en ganancias a la caída en picado por una infidelidad amorosa. Reconoció el desliz después de un accidente de coche y se fue por el desfiladero. Nunca más ha vuelto ser el número uno.

Andre Agassi ha confesado su mundo de frustraciones una vez que se ha retirado y se ha liberado en un libro. Ahora se sabe que odiaba el tenis, que sufría jugando con la presión, que era un desdichado en una jaula de oro. «Mi padre me vendía como el número uno y cuando llegas ahí no puedes dar media vuelta. Fui el número uno más infeliz del mundo. Hubiese preferido ser el número 141. Cada vez que salía a jugar al tenis, sentía que estaba fingiendo».

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