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Se reabren las heridas tras el contenido de la caja negra del Concordia

LA ESQUINA DE MANUEL NUÑEZ

El naufragio del Costa Concordia es una herida en el orgullo italiano que no deja de supurar. Sólo sirve de consuelo el hecho de que el capitán del crucero, Francesco Schettino, aparezca, una y otra vez, como el gran responsable de una catástrofe en la que se unieron la negligencia temeraria y una deplorable reacción después del accidente.
El contenido de la caja negra del navío, desvelado ayer por el diario turinés La Stampa, contribuye a la demonización de Schettino. En las grabaciones que se conservan de antes y después de la fatal colisión con un escollo -señalado con claridad en las cartas náuticas- quedan patentes los errores del capitán, su confusión mental después del choque y su incomprensible estrategia de mentir sobre lo que acababa de ocurrir, ante la compañía naviera y ante su propia esposa.

La tragedia del pasado 13 de enero frente a la isla toscana de Giglio, en la que perdieron la vida 32 personas, reafirmó a los italianos en algunos de los peores tópicos que a veces cultivan sobre sí mismos. No fue únicamente un desgraciado siniestro. Por las circunstancias en que se produjo y por la actitud del capitán, el naufragio asestó un duro golpe a la autoestima colectiva.

Schettino fue encarcelado tras el naufragio, pasó luego a arresto domiciliario y desde hace un tiempo se encuentra en libertad, si bien con la obligación de no ausentarse de la zona de Meta di Sorrento, al sur de Nápoles, donde reside. Este verano, unas fotos del capitán, disfrutando de un paseo en lancha, causaron indignación y dieron la vuelta al mundo.

La herida del Costa Concordia seguirá muy abierta mientras no se juzgue a Schettino y el barco siga allí recostado, semihundido, frente a Giglio, a la vista de turistas morbosos y de muchos aviones que vuelan a los dos aeropuertos romanos. Su recuperación, a cargo de un consorcio italoestadounidense, es complicada y va con lentitud. Costará a la compañía casi 240 millones de euros. El lastre psicológico no ahorra un precio descomunal.

Fuente: lavanguardia

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