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El verdadero mundo de Steve Jobs

LA ESQUINA DE MANUEL NUÑEZ

Ahora que el cáncer amenaza con vencerlo definitivamente, el dueño de Apple se concentra en lo que más le importa: sus hijos y su mujer, Laurene Powell, Una economista de Stanford que logró atisbar bajo el espíritu feroz de Steve Jobs al niño adoptado, confundido, que no tenía claro quiénes eran los suyos. Esta es su historia.

Hay personas alrededor, pero no interfieren. Es imposible interferir en ese instante. Es un acto público. Una reunión mundial de desarrolladores de software en San Francisco. ¿Y qué? Una corriente de ternura imanta a esa pareja. Están solos lo que dura ese instante. Y, mientras dure, son indestructibles. La mejilla de la mujer es sanadora. Y la derrota del hombre no es más que aceptación.

La derrota estaba cantada desde hace tiempo. Ocho años. Steve Jobs llevaba desde octubre de 2003 luchando contra un cáncer de páncreas. «Mi médico me recomendó entonces que volviera a casa y pusieron orden en mis asuntos, lo que significa: prepárate para morir. Significa que debes decirles a tus hijos, en unos pocos meses, todo lo que planeabas decirles en diez años. Significa que te asegures de dejarlo todo listo porque debes despedirte».

Pero Jobs no estaba dispuesto a rendirse. Es una persona de espíritu feroz. Lo saben bien sus empleados de Apple y sus competidores. Y tan orgulloso como para pretender curarse un cáncer haciendo dieta, despreciando el potencial del enemigo, como intentó al principio. «Steve es Steve. Puede ser muy tozudo», se lamentaba un miembro de su consejo de administración. Costó Dios y ayuda que se sometiera a una cirugía y, luego, a un trasplante. Entretanto siguió alumbrando maravillas: iPhone, iPad, iCloud… Finalmente, este agosto pasado, a los 56 años, llegó la hora de poner en orden sus asuntos. Dimitió como presidente ejecutivo de Apple. Se refugió en su familia.

Porque es un hombre de familia, cuya privacidad ha defendido como un caballero templario. Y Laurene Powell Jobs, su mujer, es la guardiana del castillo. Solo ella supo serenar al soñador con tendencia a desquiciarse. Vio más allá de las filias y fobias que despertaba. Y no le pareció ni un iluminado ni un déspota. Porque Laurene percibió al niño adoptado, confundido, que no tenía claro quiénes eran los suyos hasta que ella apareció en su vida.

Fuente: abc

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